HIJO ADOPTIVO DE ALOSNO

Manuel Garrido Palacios
nombrado
HIJO ADOPTIVO DEL PUEBLO DE ALOSNO
(Le entrega el título Rosario la Bizcochera)
MANOLO, ALOSNERO

            En el prestigio de agosto -a medio hacer y a medio terminar el estío-, se confabulan los dioses de Alosno, míticos sucesores de Portichuelo, para engendrar un hijo electivo escogido de entre los pobladores de raíz, amantes de cadencias. A Manuel Garrido Palacios, andador del misterio, le corresponde la dicha.
            El pueblo completo, en la misma solemnidad de una procesión de San Juan y con idéntica sencillez con que se paladea una copa de aguardiente, hace ascuas en torno al rito, se desnuda de témpanos y se viste de música. Irá de tonás de quintos a saetas, de coplas del pino a cascabeleros, de trilla a colás, de ramas y Navidad a fandango eterno, todo para Manuel, nuevo alosnero. Se hace armonía cada palabra, cada imagen se resiste al tiempo, se consuela la voz de Lucía en la poética de una alabanza infinita, llora el lagar aguas de inmensidades y se descifra una gloria pequeña calle Real a fondo.
            Nadie falta al cortejo, nadie, excepto un amigo, Manolo Lisardo, que se asoma sin ser visto y fortifica la magnitud de Garrido Palacios.
            Las mujeres rompen de los aires sus venas de estrellas y cantan plácidas el agasajo del hombre nuevo, hijo nuevo; de allí se prenden los sones en el festín del pueblo que vive la presencia con el arropo que se ofrece al recién llegado. Santiago le escribe renglones de amistad, le pone umbral para la acogida y le susurra guitarras a sus manos. Manuel mira absorto las proclamas, disfruta una vez más las palabras cantadas, se desliza de una sublimidad a otra, se pierde sin irse, se va quedándose, se limpia un sudor-lágrima y se esconde en la misericordia de su nuevo pueblo amado, tan amado, apoyando hombro y valor, buscando consuelo. En el atril dice al pueblo -a su pueblo- menos palabras de las pensadas, se explaya en sentimientos, se desvanece en tanta dicha y levanta los brazos como queriendo abrazarlo todo, y lo consigue.
            Era Manuel noble merecedor de esa paz ganada y fue Alosno el mejor ámbito para tan valiente osadía. Ahora, los dos, Alosno y Manuel, portarán orgullosos tales dones; uno por saberse cuna elegida, otro por sentirse hijo elegido; los dos serán conversación para la historia y se cansarán las callejas de cuchichear cosas de esta importancia.
            Acertaron los dioses de Alosno haciendo aprisco del alma a quien endiosó las celebraciones de sus reminiscencias y desde ahora podrá engolarse por ser, Manolo, el alosnero.

© Ramón Llanes